miércoles, 29 de mayo de 2013

Y ahora...

He sido un poco Princesa,
cuando reinaba en la Villa
de mi niñez, con dos trenzas
y tres rosas en cada mejilla.
Un poco Reina de Espadas,
que atravesaron mi corazón,
que me dañaron el alma
instalándome en el dolor.
He sido un poco retama,
tomillo, magnolia y espliego,
cerezo en flor, jacaranda,
azahar, manzanilla y romero.
He sido un poquito de mar,
lágrima de agua salada,
goleta que al navegar,
un viento la refrenaba.
Soñadora incorregible,
marioneta sin cruceta,
demasiado predecible,
y naturalmente imperfecta.
Y ahora, con sentirte a mi lado,
soy un poco más felíz,
nunca pedí demasiado,
todo es mucho para mí.
 
 
 


domingo, 26 de mayo de 2013

Memorias de una casa.

Tantas veces vuelve a mí que así no podrá nunca romper el lazo del recuerdo; ahora lo hace en sueños, donde sabe que no es delito y aún así, en ellos, muchas veces se da cuenta de que ya es una intrusa en su propia casa.
Nació en una bonita calle vertical al mar. Desde mi puerta, dada la inclinación, daba la impresión de que el mar estaba más alto y conforme se bajaba a su nivel, él también lo hacía, quedando al final a sus pies.

Cuando un barco carguero llegaba al puerto, su saludo sonoro se propagaba por todo el pueblo, era un silbido grave, imponente a la vez que alegre, e inconscientemente, todos le daban la bienvenida. Sí, se alegraban de ver banderas nuevas ondeando en aquel viento Mediterráneo. Antaño, cuentan, traían cosas que allí no se habían visto antes y que los marineros extranjeros, sobre todos los americanos, regalaban a los niños que acudían a tropel a recibirlos: chicles, *estrato, azúcar moreno...
Ella nació en una de mis habitaciones. La única comadrona que había -luego alcaldesa-, ayudó a venir al mundo a la mayoría de los de su generación. Eran aquellas madres un tanto arriesgadas, en cuanto a cualquier complicación que pudiera surgir en el parto, incluso en el neonato, pero así eran sea cual fuere la razón.
Yo era de techos altos, grandes ventanas, una a cada lado de mi entrada, con un balconcito cerrado por una reja de mediana altura y, protegiendo los finos cristales, una persiana verde de madera los cubría; temblaban ellos cada vez que un cansado camión subía la calle.
El patio era lo que más le gustaba, su abuela lo tenía lleno de macetas: hortensias, geranios, un árbol de Navidad que se ponía precioso cuando llegaba la época de lucír sus flores rojas, -curiosamente son hojas que se visten de flor-, y hasta un columpio había en el patio, hecho por su padre, que tanto ella como su hermano compartían, bien sentados juntos, era de doble asiento, bien empujándose uno al otro.
Otra de las ventajas del patio era que así le dejaban tener gatos que iban y venían libremente por los tejados. Tuvo una gata gris, de rayas, y con unos ojos verdes y redondos como caramelos de eucalipto a la que llamó Estrella. Era un tanto arisca, pero curiosamente a todos sorprendió cuando amamantó a otro gatito, regalo de unos amigos, sin tener camada alguna; instinto maternal que a veces no se da en los humanos.
Las paredes encaladas de un inmaculado blanco a veces se confundían con las sábanas tendidas y éstas, a su vez, confundían su aroma a jabón con el perfume de las flores, son delicias caseras. En el verano tomaban el fresco bajo la parra que su abuelo plantó y que abrió sus brazos a modo de sombraje, pero eso sí, con ojo avizor, puesto que las avispas también acudían al frescor de los pequeños racimos de uva que graciosamente se descolgaban, tan verdes como aceitunas.
El tiempo pasó, pasaron los años y yo siempre estaba llena, estaba viva. Los tíos de Mallorca todos los años, por agosto, venían de visita. El tío Eduardo contaba anécdotas de cuando vivía en Cádiz y de sus viajes en el Juan Sebastián Elcano; era músico militar de la Armada y anduvo por medio mundo en aquel buque-escuela. En invierno, poco antes de Reyes, venían los tíos de la Parroquia, pueblo cercano, con sus dulces artesanales como regalo y se llevaban, en agradecimiento, otro tanto de presentes.
Y la vida trajo acontecimientos, muchos felices, otros tristes, pero todos vividos y sentidos entre mis brazos, bajo mi techo, sobre mi suelo, para eso era su hogar...
Al morír la dueña que figura en papel como mi propietaria, sus herederas, sus sobrinas, dueñas a la vez de seis o siete casa más, me quisieron a mí.
Ella, mi verdadera dueña, a la que vi nacer, luchó con la mala ayuda de una mala abogada, y un día empezó a recoger muebles, hacer maletas... De vez en cuando la veo pasar por delante de mí, a veces me mira, otras, baja la mirada, yo nada puedo hacer aunque quisiera abrirle mi puerta...me han tapiado la entrada, han cegado mis ventanas y llenado de pintadas la fachada y el patio...
Sé que viene a visitarme porque en la maleta que se llevó no caben todos los recuerdos.



n. de la a.
Estrato: Deformación fonética de extracto que se usa en Torrevieja para referirse al regaliz. Aunque se comercializa en varios colores y texturas, el genuino es negro y rígido.


Cayó una estrella del cielo.

Cayó una estrella del cielo
y una estela de colores
la acompañó hasta el suelo.
 
Mas la estrella no era feliz
en este nuevo mundo,
necesitaba el matiz
de su cielo azul profundo.
 
Desde el suelo hasta el cielo,
pedía ser lanzada,
pero su ferviente deseo
era una quimera vana.
 
Una gaviota, enterada,
quiso hacer feliz de nuevo
a esa estrellita estrellada,
que lloraba sin consuelo.
 
En su pico, con suavidad,
tomó su cuerpo celeste,
y echó con ella a volar
de Norte a Sur, de Este a Oeste.
 
Pero por más que volaba,
por más que al cielo subía,
jamás alcanzaba
lo que fielmente prometía.
 
Extasiada ya, sin aliento,
la estrella del pico cayó,
pero no fue vano el intento,
 en el mar se sumergió.
 
Y allí, en el fondo marino,
la estrella feliz se quedó,
rodeada de azul cristalino.
 
Los luceros, sus hermanos,
aún la buscan sin parar,
y desde entonces los océanos,
son cielos, con estrellas de mar.



 
 
 
 
 

viernes, 24 de mayo de 2013

Frente a frente.

Dos amantes callados
se miran, se van mirando,

frente a frente, uno a otro,
y nunca se dan la mano.

Él le muestra gallardo
sus verdes pinos carrascos,
y ella su falda de hierba,
sobre enaguas de alabastro.
Y entre los dos, un río
de amor baja temblando.

El es el rey de sus sueños,
senderos bordan su capa
y ella reina en sus deseos
bajo una tiara blanca.

Ni tú eres Monte ni yo Montaña,
como esos dos enamorados,
pero así somos tú y yo,
dos amantes condenados
a mirarnos frente a frente,
sin poder nunca tocarnos.
 
 


miércoles, 22 de mayo de 2013

La paloma enamorada.

 
Con amor y con esmero
grano y agua le servía,

él mimaba a su paloma
y ella le correspondía.
La enseñó a enviar mensajes
y otros tantos le traía,
de su ventana a una torre
volaba todos los días.
Era cierto que adoraba
a su blanca compañera,
confidente y fiel, alada,
su paloma mensajera.
Y ella, por verlo felíz,
todo su vuelo prestaba;
de sus labios, de sus manos,
se sentía enamorada.
Marchó inocente una tarde,
con una notita enrollada,
y al llegar hasta la torre
una joven la esperaba;
una mujer de ojos claros,
tomó la nota guardada,
soltó el nudo de aquel lazo
que con celo, ella guardaba.
Y la paloma sintió
que el corazón le quemaba
cuando la joven leyó
aquel poema en voz alta.
La muchacha estaba alegre,
la muchacha sonreía
y al mismo tiempo, de pena,
la paloma, allí moría.

 
 


martes, 21 de mayo de 2013

Al sol no hay que ir de noche. (relato infantil)

Esa era la idea que rondaba por las cabezas despeinadas de aquellos cuatro chiquillos que hacían cuentas y planes, sentados como los Sioux en la alfombra. Tenían muchas cosas en común: iban al mismo colegio, eran amigos y pertenecían al grupo de rodillas del mismo color, el de la mercromina; señal inequívoca de los porrazos que tras el ayy, el uyyych ¡sóplame mamá!, sanaban sin dejar rastro.
Ya observaron por dónde se escondía el sol, era por la parte del descampado que había detrás de la casa de Pablo. Ahora faltaba preparar las mochilas y decidír el día.

Faltan tres días para mi cumple -dijo Pablo. Podemos irnos ese tarde por que estaremos los cuatro juntos. Lo voy a celebrar en mi casa, pero sólo después de la tarta es cuando podemos irnos, ¿eh?
Jolines, claro tío, cómo vamos a irnos sin cantarte el cumpleaños felíz  -añadió Juan-.
No digas tonterías, -dijo Pablo-  sabes que con ocho años ya no se soplan velas.
Eso porque tú lo digas, - replicó Manolo-, mi abuelo tiene por lo menos ochenta y cinco y las sopla
Bueno, ¿tu que dices, Vicente? - pues que sí, pero que no te voy a poder llevar un regalo, mi padre no cobra hasta final de mes.
Eso da igual, yo no lo hago por los regalos, -contestó Pablo-.
Bueno, vamos a ver que nos llevamos para el viaje.
-Yo voy a coger la linterna de mi hermano, tiene una manivela que le das vueltas y se enciende, así no hacen falta pilas -habló Manolo- y también sus gafas de sol de la nieve, ¡son molonas!.
¿Y tú, Vicente?
- Yo me voy a llevar una cantimplora, los prismáticos, una bolsa de madalenas, la gorra de Scooby Doo y unos calcetines de repuesto, me sudan los tachines y allí hará mucho calor.
-Vale, yo me llevo el mapa, la brújula, la máquina de hacer fotos y una libreta, hay que tomar notas, tenemos que traer algún recuerdo, ¿no?- dijo Juan-
Yo me llevo los  bocatas, -añadió Pablo-, una bolsa de madalenas será poco. Le voy a decir a mi madre que prepare muchos, que tenemos mucha hambre. ¿De qué los queréis?
-De nocilla, de salchichón y de queso.
-Ah, y de mortadela.
-Bueno pues ya está, el día 17 a las cinco y media en mi casa.

Mercedes tenía todo listo aquella tarde. Ya solo faltaba esperar que Pablo volviese del colegio. Vistió la mesa con un mantel de papel de colores, unos globos sujetos a la lámpara del techo aumentaban el ambiente festivo y unas risas infantiles le avisaron que ya se acercaba la pandilla; el sonido del timbre lo confirmó.
Fue un goteo de invitados lo de aquella tarde. Fueron llegando sus amiguitos hasta bien dadas las seis y media y la casa se llenó de papel de regalo, risas y formalidades, éstas últimas en el momento en que los carrillos de la cara eran ocupados por la merienda.
Y después del encendido y apagado de velas, pidieron permiso a las mamás para bajar al parque.
Permiso concedido bajo advertencia de no salír de allí.

Una vez en la calle se dirigieron al descampado en fila de a dos. Pablo y Juan abrían paso con la brújula, que decían saber interpretar, pero más bien era un artilugio para darle importancia a la misión. Se encaminaron al horizonte por donde el sol comenzaba a bajar y apresuraron el paso.
Aquel terreno estaba lleno de setos espinosos, piedras y desniveles que lo mismo les hacían caminar como hormiguitas, de lo lento que iban cuesta arriba, que coger carrerilla cuesta abajo.
La cantimplora no tardó mucho en salír de la mochila, el azúcar de la tarta empezó a darles sed.
-Hey, mirad esto- dijo Vicente. Los tres chiquillos se detuvieron para observar un lagarto verduzco que los observaba encima de una piedra. -Vamos a tomar nota-, sacaron la libreta y anotaron:
El primer ser extraño que encontramos es de una especie desconocida; pensamos que debe tratarse de un capitán lagartija....-¡no!, pon mejor que es una cría de cocodrilo- ideó Juan. Le voy a hacer una foto, van a flipar los del cole.
El lagarto salió corriendo por el destello de flahs. -Veremos si no hay problemas- dijo Pablo, creo que se ha sentido atacado, como avise a su equipo y vengan a por nosotros...
Continuaron el camino. Un poco más adelante habían unos arbustos de escasa altura, pero la suficiente para llamar la atención del equipo, sobre todo cuando vieron aquellas ramas agitarse suavemente. Giraron, entonces, veinte grados Este para llegar a ellos y con una caña que encontraron apartaron las ramas para ver qué había allí. Manolo sacó los prismáticos, los fue pasando silenciosamente al resto del grupo y tomaron nota:
El segundo elemento es un ser de ojos saltones, dientes largos (dos) y grandes orejas. Pensamos que se trata de un oso conejero.

Sin darse cuenta apenas, fue cayendo la noche. El sol se les escapó con tanta toma de notas e investigación.
De repente, a sus espaldas, comenzaron a encenderse unas luces que se dirigían hacia ellos. Aquellos halos de luz en movimiento de izquierda a derecha, se les acercaban cada vez más y decidieron sacar la linterna con manivela y corresponderles en son de amistad, con las mismas señales. Manolo, además, se colocó las gafas molonas de la nieve para impresionar a aquellos seres. Eran valientes.
-¡Aquí están! -se escuchó decir-
¡Hablan nuestro idioma! - dijo Vicente-
Un grupo de policías los abordó y con ellos, cuatro madres desesperadas.

Después del interrogatorio, abrazos, besos, achuchones y reprimendas para más tarde, los niños contestaron:
Si sólo queríamos ir al sol...pero no nos ha esperado.








domingo, 19 de mayo de 2013

El sueño de un hada.


Sé que nunca te he tenido,
sé que nunca te tendré,
que besarte es mi delirio,
olvidarte...,¡cómo hacer!.


En la celda del silencio
cumple condena mi amor,
mas se libera en suspiros
de esa errante prisión.

Tu sonrisa son estrellas,
la luna ¿no es tu corazón?,
y tu voz son las estelas
que un ave a su paso dejó.

Aunque me duela el silencio,
he aprendido a vivír con él,
te he acurrucado en mis sueños
y en mis sueños, te amaré.

 

 

miércoles, 15 de mayo de 2013

 
 

Te miro, Ashton, y te diría todo de algodón...como decía el buen Juan Ramón Jimenez a su Platero, pero tú, pequeñeco, no trotas. Tu eres como uno de esos molinillos que flotan en el aire por los campos, o en los jardines cuando escapan a la ciudad, así eres, silencioso y blandito, suave.

Para hacer honor a la verdad diré que tu sonido más escandaloso se limita a un intento de ladrido. Eres tan pequeño aún, que todo lo tuyo son ensayos, prácticas para cuando seas grande.

Quedarán muestras de tu aprendizaje en mis zapatillas deshilachadas, en el dobladillo de las cortinas, que por alguna extraña razón tanto atraen tu curiosidad, sobre todo cuando el aire juega con ellas y tú , cómo no, te sumas al juego. Otra extraña razón... es la que me lleva a mirarte sin cansarme.

Los hilos del destino.

Llegaste a mí con el mediano sol de un mes de octubre,
a pasear sobre la tierra ya labrada de mi era,
fuiste el calor de la tibia llama, que en la lumbre,
dulcifica el ocre otoño que empujó a la primavera.
 
Y a tu paso, levantóse de la la tierra un brote nuevo,
florecieron en mi corazón diez mil violetas,
y las hojas ya marchitas, se iban yendo,
con tu agua, con tu viento en la vereda.

Y ahora el destino que te trajo hasta mi alma,
viene a apartarte de mi vida, ¡él es el dueño!,
y como viento y como sol, y como agua,
te me vas,¡ amor!, de entre los dedos.
 
 

La niña gitana.

¿Llevaba en su frente un estigma o un brillo de antiguas navajas?. ¿Es por eso que la miraban de aquella manera?-con recelo-.
Era su pelo negro como la noche y sus ojos un eclipse de luna llena, con alguna estrella reflejada en el fondo de su mirada.

Yo, hastiada de tanta hipocresía hecha raíz, tanto corazón de esparto y teniendo en mi mano el tiempo de labranza de aquellos niños, no podía permitír que sus almas blancas fueran salpicadas por prejuicios raciales. En mi patio no, no en mi colegio.
Los observaba en el tiempo del recreo, pedí voluntariamente ser quien vigilara a los infantiles y aquella niña, deambulaba por el patio, sin una mirada amiga. Pero yo sentía que tampoco la buscaba, tal vez ¿tendría que ser del mismo color de sus ojos? y si otros ojos no la miraban ¿qué mal podría hacer ella?, ¿tendría la culpa de no llevar los mejores pantalones conjuntados con una estupenda camiseta, las deportivas de última moda o la más popular de las mochilas?.
Una tarde lluviosa y melancolica fue el detonante para romper esquemas y prohibiciones.
Eran las tres y media de la tarde y aquella clase de plástica sería muy diferente, íbamos a modelar la amistad, los valores que cada chiquitín de mi clase llevaba dentro; íbamos a abrir la puerta de la diversidad.
Propuse a mis alumnos una clase de teatro real, es decír, cada uno de ellos saldría a demostrar qué se le daba mejor hacer. Para uno, eran los puzles, para otro narrar cuentos, alguno contaba chistes, varias niñas bailaban ballet, para otros era jugar a la pelota; uno de ellos preparaba muy bien los aparejos para la pesca, dibujar, los trabalenguas, cantar..., cada uno mostraba sus aptitudes. Incluso bajamos al patio para comprobar la destreza de los ocho futbolistas que tenía sentados en el banquillo de clase. Mi niña morena, en su momento, nos dijo que lo que más le gustaba era cantar y bailar flamenco y nos demostró a todos el cascabel de su arte.
Después de aquellas clases magistrales no volví a verla sóla .
Así empezaron a conocerse unos a otros mucho mejor, por que, cuando no existen las debidas presentaciones, los adultos tenemos la obligación de unír manos, romper vacíos, fomentar la amistad, motivar... El mundo es tan diverso que no tendremos lugar jamás de conocerlo todo, pero, el no por el no, nunca será maestro de nada, no hará sino alargar distancias. La vida marcará después las diferencias personales que cada uno haya de labrarse así mismo, pero la escuela está para enseñar además de (...), amistad, igualdad y respeto.
La diversidad debe ser nexo de aprendizaje, no punto de inflexión.

Fin.

sábado, 11 de mayo de 2013

Sobre todas las cosas.

Sobre todas las cosas, qué importa,
si no la blanca mirada del niño que a la vida se asoma.
Sobre todas las cosas, qué deja caricia
más noble en la boca, que un beso entregado del alma.
 
Sobre todas las cosas.
 
Sobre todas las cosas, la fuente que brota,
el latido del mar,
la blanca paloma,
y el olivo que espera sin desesperar.
El olor de una cuna,
el calor de un hogar
y la inmensa fortuna
del amar por amar.
 
Sobre todas las cosas, esas son de verdad...
sobre todas las cosas, esas quiero  mirar.
 
 
 

viernes, 10 de mayo de 2013

Dulcemente amargo.

La vida...¿está conmigo?
¿o acaso está en contra de mí?
ella lo ha puesto en mi camino,
me ha hecho saber de su existír.
Siento mi piel a veces fría,
otras en cambio parece arder,
cuando él me cubre con sus caricias
que luego arranca como papel.
¿Tiene sentido así quererlo?
¡amor de dulce!, amor de hiel,
a veces me hace tocar el cielo...
y me destierra del aquel Edén.
La vida a veces está conmigo,
son esas veces, que estoy con él.
 
 
 


miércoles, 8 de mayo de 2013

La dependienta pesada.

Entró Eulalio, un señor,
en una papelería,
necesitado de un bloc
precisamente aquel día.
Le pide, cortésmente,
un cuaderno a la dependienta
y ella muy diligente,
de momento, así contesta:
¿Lo quiere tamaño folio,
o lo prefiere cuartilla?,
Me da igual, dice Eulalio,
con hojas donde se escriba.
¿Lo quiere con margen al lado,
sin margen, o de dos rayas?
¿lo quiere milimetrado,
o líneas cuadriculadas?.
El hombre empieza a tomar
un rojo color de cara...
Señorita, me da igual,
cualquiera de ellos me basta.
Pero, ¿lo quiere con tapas
de cartón duro o normales?
¿lisas y coloreadas,
o de motivos florales?
¿Le gustaría apaisado
o pequeño, de tipo agenda?
tenemos unos muy majos
que están ahora de oferta.
En esto que viene a entrar
otro señor a la tienda,
bajo el brazo ¿qué iría a llevar,
que escorado allí se adentra?
Señorita, hoy ya vengo
con la última de las muestras;
ayer le enseñé el trasero,
hoy le traigo p´a que entienda
mire...mi váter entero...
quie-ro só-lo un ge-né-ri-co,
quiero eso, sólo quiero...
¡rollo de papel higiénico!.
 
 


martes, 7 de mayo de 2013

Dedicado a mis compañeros de Monosílabo.



No están todos los que son, pero son todos los que están.

El hijo que nunca tuve.

A través del visillo, sentada en una silla, veo el ir y venir de la gente que pasa por la calle. Me gusta escuchar el sonido de sus zapatos, eso me lleva a recordar mis tiempos de juventud, cuando también pisaba firme el suelo con aquellos zapatos de medio tacón reservados para los domingos.
Recuerdo que las amigas, una a una, pasábamos a buscarnos a casa. Carmela era la más rápida, era una polvorilla, la de las ocurrencias, siempre la tenía pensada, lo mismo estaba para un roto que para un descosido. Ella llegaba a mi casa sobre las diez de la mañana todos los domingos. De allí salíamos las dos, cogidas del brazo, en busca de Amelia.

Amelia era calladita, tímida, tenía un alma asustadiza; de pequeña le tocó vivir los últimos coletazos de la guerra y temía al sonido de los aviones. Tenía cinco años más que nosotras y aquel lustro marcó , posiblemente, la diferencia de carácter.
El orden de reunión no era por preferencias entre nosotras, era simplemente por ubicación física.; vivíamos en la misma calle, en orden descendiente y así nos íbamos recogiendo una a otra, lo mismo que la entrega de un cartero.
Bajábamos entonces a la plaza del pueblo, el punto de ebullición de los domingos. Los niños vestidos de marinero y las niñas de muñeca, tras salír de misa con sus padres, jugaban con las peonzas y las canicas, alguno que otro hasta llevaba triciclo y ellas, en corrillo, apostaban sus cromos.
Nosotras nos acomodábamos en un banco al solecito, mirando el pasar de la gente, dándole de comer a las palomas y haciendo planes para nuestros sueños futuros.

Es hora de mi medicación, acabo de escuchar a Gabriel que pregunta por mí.

Entre aquella mañana de domingo que tengo en la memoria y la partida de Amelia, no sé realmente el tiempo que pasó, son las lagunas que van quedando después de tantos soles vistos, pero se casó con un médico y marcharon a vivír a Italia. Mantuvimos el contacto por carta durante años, pero un día, sin cómo ni por qué, dejamos de escribirnos.
Carmela montó una tienda de ultramarinos y tuvo seis hijos, cuatro varones y dos mujeres. Enviudó a los setenta años y hoy vive con una de sus hijas.; está felíz aunque ya, su cuerpo y su mente ,pocas veces están en comunión.
Y yo vivo en un lugar plácido. También conocí el amor, un francés llegado a puerto que conocí en la tienda de ultramarinos de Carmela me robó el corazón. Viajé a Francia a conocer a su familia y allí nos instalamos. Dejó el mar y yo mi tierra y con mucho esfuerzo e ilusión montamos nuestro propio negocio, una chocolatería. Fué, ciertamente, un dulce oficio en toda regla.
No tuvimos hijos, pero sí nos sentimos padres. Una hermana de mi esposo sufrió un accidente que la dejó postrada en una silla de ruedas y nosotros nos hicimos cargo de sus niños. Vivían con sus padres, pero todas la mañanas los acompañaba al colegio, los iba a buscar más tarde, los cuidaba cuando estaban enfermos. Mi cuñada se deshacía en agradecimiento, pero siempre le dijimos que el favor nos lo hacían ellos a nosotros aunque nos hubiese gustado verla caminar nuevamente.
Y así pasaron los años, los niños fueron creciendo hasta alzar el vuelo y mi esposo cerró el libro de su vida una mañana de primavera.
Sentí entonces la necesidad de volver a mi plaza, a mi banco de las palomas..., regresé.
Ahora, tras el visillo, disfruto del sonido de los transeúntes, del ir y venír sin prisa de los días, de los eternos niños del parque y de Gabriel, el enfermero que está pendiente de mi medicación, de que no me falte el apoyo de su brazo para caminar sobre mi mediano tacón cuando me acompaña a buscar rayos de sol.
Él, ahora, es el hijo que nunca tuve.


domingo, 5 de mayo de 2013

Qué es eterno en los siglos...

¿Qué es eterno en los siglos, qué es fulgor de miradas,
qué es un roce en el alma, qué es un trino en la voz?
¿Qué es la noche estrellada, qué una casa encendida,
qué una dulce morada, qué un capricho de Dios?
¿Qué es un reino de reyes, qué un cachorro en las manos,
qué en la tierra es la Gloria, si no es el amor?.