martes, 3 de diciembre de 2013

Intimos desconocidos.

De todos los acontecimientos importantes se suele recordar la fecha pero en este caso, y siendo algo trascendental, no se supo en que momento ocurrió. Tal vez comenzó todo a decaer tras aquella profunda decepción que, por parte de Andrés, sufrió Helena. Tal vez fue debido a la apatía en que se convirtió lo que un día llamaron amor, tal vez fue una mezcolanza de todo, el caso es que ellos dos, viviendo juntos, eran habitantes de dos mundos distintos. Se habían convertido en vecinos de cama y mesa, limitándose a darse los buenos días y las buenas noches. Pero de un tiempo a esta parte algo había cambiado en Andrés, sí, ella lo adivinaba en su mirada, y era algo que a esas alturas no le importaba, no sentía recelos de ninguna clase, es más, le alegraba su alegría.
Ella también estaba dichosa, se había enamorado, aquella cortina doble y pesada en que se había convertido su rutina diaria se había descorrido, volvía a entrar la luz del sol, volvían las manecillas de su corazón a marcar el tic tac que despertaba sus días.
Las horas en que menos trabajo tenía en la oficina se conectaba a una red social de amigos, allí fue donde conoció a Enrique. Se estuvieron hablando durante tres meses, los dos compartían gustos e intereses, reían con las mismas chorradas, proyectó en aquel hombre todos sus deseos y carencias afectivas. El, por su parte, le correspondía con una ternura infinita, algo que Helena, Sara para él, pocas veces saboreó en su matrimonio.
-No me esperes a comer hoy Helena, tengo una importante reunión y no regresaré a casa hasta la noche-. Ese fue todo el "hasta luego" que Andrés anunció antes de marcharse de casa. Ella asintió con la cabeza, le ofreció su abrigo y le cerró la puerta con un "hasta la cena". Después sonrió y contuvo la respiración: -lo haré...voy a ir.
Enrique la esperaba en un restaurante acordado, ese iba a ser el día que se conocerían físicamente, hasta entonces todo se había limitado a conversaciones escritas, se conocían por dentro, ahora lo harían por fuera. El último mensaje que él le envió fue: Restaurante La Florida, a las dos de la tarde, mesa cinco.
Ella se presentó ante el maître, el cual acompañó a la señora Sara a la mesa cinco anunciándole que la esperaban.
Allí estaba Enrique, sentado de espaldas a la entrada, ella tomó aire y con paso decidido y el deseo haciéndole nudos en el estómago se acercó hasta él, dejando caer cariñosamente la mano sobre su hombro. Enrique se levantó, girándose para contemplar el rostro de aquella mujer que le había robado el sueño y devuelto la alegría.
El nombre de Andrés tembló en los labios de Sara.
El nombre de Helena palideció el rostro de Enrique.


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