sábado, 30 de marzo de 2013

Pongamos que ya no te quiero.



Pongamos que ya no te quiero,
pongamos que ya te he olvidado,
y tú ya no necesitas
tenerme junto a tu lado.
Entonces ¿será el mar tan azul
como tu me lo has mostrado?
¿y las palomas blancas?
¿continuaran zureando
debajo de nuestra ventana,
si ya no nos ven besarnos?
Y este nido de gorriones,
mis dedos entre tus manos,
¿ya no emprenderán el vuelo
de tus labios a mis labios?
Pongamos que ya no te quiero,...
pero sabes bien... que te amo.
 


viernes, 29 de marzo de 2013

El tiempo y yo.

Podrá una nube gris, alborotada,
oscurecer la claridad amanecida
y agitar el frío viento impetuoso
la flor, que en su capullo está dormida.
 
Podrá la vasta sombra del olvido
gravemente, borrar cualquier imagen
y hacer mella en mis recuerdos consiguiendo
que mi vida, tal vez, sea un pasaje.
 
Pero no conseguirá jamás el tiempo,
arrancarme ni un segundo lo vivido,
aunque quieran arañarme los recuerdos,
intacto quedará en mí lo sentido.
 
 
 
 
 
 


lunes, 25 de marzo de 2013

Crónica del lunes.

Y regresé, por el mismo camino que me fuí.
Ha sido una jornada laboral ajetreada en todos los sentidos. Primero por la carga de trabajo que había, bajo amenaza verbal de que no saldría nadie a su hora si no estaba todo colocado.¡ Qué maravillosa manera de dar los buenos días!, ¿a que sí?...pero yo he desayunado bien, hoy.
A lo largo de la mañana hemos tenido visitantes de guante blanco, pillados in fraganti por el ojo que todo lo ve, las cámaras de vigilancia. Nada, dos chicas y un chico que traían de turismo la mano larga y el bolso grande, aunque a falta de bolso, pero no de mano, siempre les queda un hueco debajo de la camiseta, en el calcetín, o  hacen sitio delante del ombligo, que imaginación no les falta.
Pero no contaron con la astucia del segurata. El caso es que los han metido a los tres en el confesionario, habitación que hace las veces de nuestro cuarto de descanso, y desde allí intuía, por las voces, lo que se estaba cocinando. El guardia ha sido abofeteado por el chico, las dos muchachas gritaban y gritaban, creo que hasta se sentían ofendidas...hasta que han llegado los municipales.
Primero dos, pero han pedido refuerzos ... otros dos. Total que al final se los han llevado, pero...
no es robo, es hurto, así que ¡a la calle!.
Más tarde, una tierna abuelilla se ha dejado el bolso de mano, después de hacer su no pequeña compra, encima de una repisa y un amable caballero que lo ha visto me lo ha entregado. El bolso ha sido custodiado en el confesionario, no hacía más de diez minutos que la lady inglesa había salido de la tienda, por lo que debería estar en el parking guardando la compra. Efectivamente, al poco llega la mujer azorada, cardíaca perdida por el susto y cariñosamente le digo que se tranquilice, que su bolso está aquí. El guardia de seguridad ya se había marchado a comer y una compañera le hace la entrega de su pertenencia, pero, mi compañera que no se fía ni de su sombra, miró dentro del bolso. Ah!, llevaba, enrrollado en un pañuelo de seda, un bote de laca de la marca de las famosas y dos tabletas de chocolate...hay cosas que no comprendo puesto que no he visto la imperiosa necesidad del hurto en ninguno de los dos casos, Claro que, esas cosas no hay que entenderlas, visto el panorama a gran escala. ¿Será el ansia?.

Lunes!

Lunes, 25 de marzo, hoy he desayunado un tazón de optimismo. Estaba bueno, sí, no me explico como teniéndolo a mano no hago uso de él más a menudo.
Nada más subír la persiana del balcón, ya escucho a los pajarillos del parque trinar y el sol, de momento, ya roza las copas de los árboles. Hace más verde cada hoja que toca, las despierta y las viste , tiene buen gusto. Las gaviotas vienen y van, hacen nido en las salinas que, por situarlas desde donde estoy, están a mi espalda, así que las veo ir y venír del mar a tierra, supongo que también estan en proceso de su desayuno. Debajo del balcón hay un naranjo, dicen que es de naranajas amargas, no lo sé porque nunca las he probado, pero huele dulce,.está cuajadito de azahar, de lejos lo ves y parece que está lleno de palomitas de maíz.
Como el sol no se está quieto, (no noto que giramos todos al mismo tiempo, en algo estamos de acuerdo, qué bien), ya cae de medio lado sobre la callle. Extraño el silencio para ser lunes, claro, es temprano aún para el colegio; en cosa de media hora, son las ocho a.m., ya iré escuchando a los niños que llegan con la prisa de sus madres a la parada del bus escolar.
Mientras tanto, hoy me da igual la crisis, los recibos del ayuntamiento, el seguro a punto de vencer del coche y que espera renovación bajo importe de $, mi laúd desafinado que no hallo forma humana de encontrar la nota de cada cuerda,(aún con el afinador que los reyes M. me trajeron), las ocho horas que me esperan encerrada en el local donde trabajo y que de aquí a media hora he de entregarme voluntariamente. Hoy es lunes, empieza un nuevo día, una nueva semana, ha empezado una nueva estación, ¿se puede pedír más?. Te invito a otra taza de optimismo si por casualidad estas leyendo ésto.Azúcar?, añádele toda la que quieras, eso va a gusto tuyo, yo le puse dos cucharadas, tampoco me importa si se queda pegada a la cintura, bah, ya estaré tipo hueso cuando cumpla los cien.
Bueno pues sólo me falta la musiqueta, voy a pensar un poquito aunque ya sé la mejor para hoy.
¡Buen día!.




domingo, 24 de marzo de 2013

Es difícil.

Es diferente mirar la Luna desde mi ángulo,
es muy difícil pensar un verso sin pronunciarte,
es muy difícil contar el tiempo
que yo no paso junto a tu lado...
 
he decidido no usar relojes ni calendarios.
 
 Era más fácil no haber sabido nunca tu nombre,
era más fácil tocar el cielo que acariciarte,
era más fácil no haberte amado
y ahora no hacerlo me cuesta tanto...
 
mas yo se bien que sin mi presencia...
 sales ganando.

 


viernes, 22 de marzo de 2013

Amberes.

 
Sentado en el gastado sillón de cuero, sostenida su vieja reliquia en la mano derecha, Ovidio inhala el robusto tabaco de su pipa. El transistor emite en ese momento una nostálgica canción y esa voz femenina, junto con el humo grisáceo de la calada, lo transportan de nuevo al puerto de Amberes.
 

 Corría el añó de Dios de 1945 cuando desembarcamos de La Morena en un día brumoso. El puerto bullía en una trepidante actividad, mercancías llegadas de inimaginables lugares esperaban a los muchachos que, antes de despuntar el alba, aguardaban un puesto ocasional como porteadores de aquellos bultos desconocidos hacia carruajes en espera de ruta.
Por aquel entonces yo, Ovidio, era un fornido muchacho de diecinueve años, de barba rala y chispeantes ojos morenos que hacían contraste con mi alma marinera. Mi padre me llevaba allende los mares transportando especias, veníamos de las Molucas en un viaje que duró tres meses y en aquel puerto era donde nos esperaba el viejo capitán de los negocios Patrick Vranken.
Patrick aguardaba en su despacho, un habitáculo dentro de un edificio gris rodeado de ojos, las trescientas ventanas que observaban el trasiego de los grandes buques.
Mi padre y él se saludaron afectuosamente, ya eran viejos amigos de negocios y aquel momento fué aprovechado para presentarme, con el vaticinio de que yo sería quién lo supliría algún día en el arte de la navegación. Nos estrechamos las manos, viejas y finas las suyas, áperas y grandes las mías y comenzaron la negociación.
Mientras tanto, el sol luchaba por abrirse paso por entre las nubes bajas que estaban fuera de lugar y lo consiguió, a eso del mediodía. La resonancia de una voz se escuchó, de repente, por encima del sonido sonámbulo del gentío.
Nos asomamos a la ventana para ver qué sucedía y Patrick, sin levantarse del sillón y restando importancia al asunto anunció: -Bah!, ya está la loca ahí otra vez.  La loca, era una joven de no más de veinte años y según nos contó el belga, cada vez que un barco atracaba, se detenía delante de él gritando un nombre.
-Dicen que busca a su padre, vete tú a saber quién tiene ganas de hija en un lugar así.
Bueno, tal vez la muchacha confía en que algún día aparecerá- fué mi respuesta.
-¡Ay grumete! añadió Vranken, ni te imaginas la de cosas que se dejan olvidadas en los puertos...-así concluyó la anécdota.
La mañana continuó su ritmo y  llegados a  buen acuerdo, mi capitán y mercante, optaron por cerrar el trato delante de un buen estofado acompañado alegremente por unas cervezas de Koninck. No participé en la clausura gastronómica, opté por visitar los aledaños de la ciudad. Me sumergí en sus estrechas y diamantinas calles, una de la cuales desembocó en una gran avenida rodeada de edificios triangulares. Aquello era Amberes, la ciudad abierta a todos los continentes.
Sentada en un portal reconocí a la joven del muelle, crucé por su lado sin detener el paso, ¿a qué había lugar?, pero, retrocedí; la muchacha descansaba su cabeza sobre las rodillas y sus propios brazos intentaban reconfortarla en un abrazo.
-¿ Te encuentras bien?, acerté a decirle.
-¿A quién le importa eso?, me dijo levantando vagamente la mirada.
Me aproximé  a su lado para decirle que me parecía arriesgada su actuación, de la cual fuí testigo esa mañana en el puerto y que cualquier desaprensivo podía aprovecharse de ella con alguna artimaña.
-Mi hermano volverá un día, sé que lo hará- . Me acomodé a su lado, quise saber más de aquel muchacho, tal vez su nombre me sonara y pudiera darle aguna pista de su paradero.
-Hace tres años embarcó en un bajel con bandera alemana. Mi madre aún vivía y él quería recorrer mundo, conocer la mar desde dentro, volar sobre las olas, como él decía...y durante un año y medio nos enviaba cartas desde muchos lugares del mundo, postales maravillosas que guardo en un álbum, la última desde España. No sé nada más desde entonces, nadie me dice nada y es lo único que tengo.
Vivo con mis tías, hermanas de mi madre, pero nadie sabe la pena que me oprime el pecho, mi hermano mayor era mi hijo pequeño.
De ahí a la mañana en que zarpamos en La Morena , con la muchacha, hacia Barcelona, queda omitido, sobre todo por la cantidad de trámites burocráticos ,resalto en cambio a mi padre, Jaime I, "El Capitán Generoso". 
Llegados a nuevo puerto comenzó la aventura terrestre de encontrar a Alain. Dejó pistas de su paradero en comisaría. Con fecha 12 de diciembre de 1944, una denuncia por robo de pasaporte, lo que menos le interesaría al ladrón de la catera, fué constancia del paso del hermano de Natali en suelo español. Supimos por un número de teléfono que dejó como referencia, de un amigo suyo, que estuvo en astilleros del Ferrol trabajando de calafate. Indagamos nuevamente sobre su pista y, nuevamente perdimos su rastro.
Mientras tanto, Natali se instaló en nuestra casa para compaña y alegría de mamá. Mi padre, yo y La Morena continuamos navegando y Alain, quedó entre paréntesis.
Natali estudió enfermería y ofreció sus servicios en el nuevo hospital de La Santa Creu y, en un día brumoso, de nubes alicaídas, un paciente ingresó en urgencias. Se trataba de un bebé de dos meses al que acompaban unos padres temblorosos, el pequeño ardía en fiebre y corría peligro de deshidratación. Fué atendido en maternidad por un excelente doctor y a su cuido y vigilancia le asignaron una enfermera, Natali. Estuvo entre la vida y la muerte, pero la moneda de la vida cayó de cara y aquel chiquitín era tan fuerte como un diamante. Era el hijo de Alain, el eslabón que cerraba el círculo, fué...la casualidad, fué...el destino, fué...llamésmole como queramos, pero existe.
El sobrino de Natali llenó el paréntesis que antes ocupaban los puntos suspensivos.
 
Para mayor gozo de mi vida, mi abordaje en tierra de Amberes es la muestra viva de la buena fama que tienen de pulidores de diamantes, me llevé el mejor, ¡ella!, la aurora boreal de todos mis días.
-Ovidio, vamos, que la comida se está enfriando.
 
Sacude la pipa apagada y apaga el transistor, la bruma se ha disipado.
 
 



                                                           
 
 
 

Mas allá de la moda.

Junto a la casa consistorial se sitúa el bar de Joaquin, es un pequeño local que no ha sido reformado nunca, conserva la esencia y la sencillez de su inauguración. Los taburetes de aluminio, forrado su asiento con skay azul, ha dado muy buen resultado a lo largo del tiempo. Tras la barra metálica, vestida de azulejos hasta el suelo, un enorme espejo anunciando la marca de una conocida cerveza da profundidad al local.  La pizarra con las tapas del día, las fotografías de los equipos de fútbol y la de un honorable cliente que tuvo a bien regalársela con una dedicatoria y firmada, decoran las paredes.
Un canario recogidito dentro de la jaula que cuelga al lado de la ventana es la banda sonora que ambienta al Café de Oriente. En el techo, un ventilador de grandes aspas, gris, y unos tubos fluorescentes algo amarillentos por el paso de los años, terminan de configurar su personalidad.
Enfrente, cuatro mesas con sus respectivas cuatro sillas esperan el aperitivo o la partida de dominó.
Ramón, Paquito, Eugenio y Manolo son los afiliados de la mesa más próxima al rincón. Un taburete corto, por cada dos amigos, hace las veces de mesilla para los carajillos y el cenicero; la mesa central es el escenario del juego. Allí, removiendo fichas, dan paso al azar.
Manolo delimita su espacio privado con una infranqueable barrera de siete ladrillos vestidos de esmoquin frente a los ojos de  Ramón. Ramón ordena de mayor a menor sus fichas, Paquito apenas las levanta para echar un vistazo las vuelve a poner boca abajo, tiene una excelente memoria. Y Eugenio es el de los golpecitos, cuando le toca poner, ¡tiembla la tierra!.
Así, tres días a la semana, Manolo de setenta y cuatro años, jubilado; Paquito de treinta y nueve, bombero,Eugenio de cincuenta y dos, albañil y Ramón de sesenta, contable, gane quien gane, mantienen la amistad, la tradición y abierto el bar de Joaquin y Teresa. Dicen que el Café Oriente está pasado de moda, ¿ y lo que dentro se juega?.


martes, 19 de marzo de 2013

Olvidame tú.

Aún queda un beso dormido
entre los pliegues de mi almohada
que cada noche, sin pedír permiso,
 sonámbulo se acerca a tu cara.
Aún quema la ceniza
en la pira del adiós,
la estela de tu perfume,
no se disipó.
Y el olvido, me mira sentado,
desde un lóbrego rincón,
quiere cogerme la mano,
borrar todo rastro de amor.
Dale la alternativa,
abandéralo tú, por favor,
que yo aún sigo de tu alma cautiva,
  presa de mi sinrazón.

 
 

sábado, 16 de marzo de 2013

Tu voz y la mía.

Canto a tu triste voz,
 a la mía,
que por amarnos, amor,
es fría.
Quién sabe qué lucero
brillaría,
aquella noche, ¡qué Luna!
dormía,
que a la par que el cielo
ofrecía...
¡la tierra a nuestros pies abría!
 


domingo, 10 de marzo de 2013

Sueño de Titanes.

Quise alcanzar el cielo,
-siendo un sueño de Titanes-
en un vuelo que no es mío,
¡pudiera yo, ay, ser ave!.
Besar las  mil estrellas
que rielan en su ombligo,
volar las altas praderas,
con una ramita de olivo
que rompiera cadenas
y fuera abriendo camino.
 
Y soñé, seguí soñando,
-es el sino de mi vida-
y así alcancé su mano,
dueña de mi fantasía
y, al rozar sus dedos blancos,
llenáronse de agua los ríos,
el mar se hizo manso
dejé de sentír frío.
Mis ojos se iluminaron,
mi cuerpo se hizo pequeño
para albergar el cariño
que me brotaba de dentro.
 
Perdí los cinco sentidos...
pero, si la vida es breve,
¡qué caros que son los sueños!,
y en un suspiro leve
se perdió todo mi aliento.
Sus manos se cerraron
como pétalos de invierno
y mis alas, se quebraron,
cayó la ramita al suelo.
Tributo en arancel de llanto,
al que llamo desconsuelo.
 
 
 
 
 

Inventario Galante (Tus ojos) Antonio Machado.


jueves, 7 de marzo de 2013

Preguntas.

Me preguntas qué es amar sin ser amada.
 
 
 
El agua que se vierte en el desierto,
la luz en la mirada que no mira,
la tierra fértil que es abandonada,
la flor, que entre dos hojas se marchita.
 
Ser ave sin poder alzar el vuelo,
hablar de amor en un oído ausente,
un angel perdido de su cielo,
el beso que latiendo, muere leve.
 
Amar sin ser amada es...
 
La fiesta en la que falta el invitado,
el traje de bautizo sin el niño,
la percha solitaria sin su abrigo,
¡vestír de soledad al buen cariño!.
 
 
Eso es, a tí, que me preguntas, amar sin ser amada.

domingo, 3 de marzo de 2013

Palabras de un guante.

Yo soy seda del Oriente
que su padre le ofreció.

Congratulando el presente,
la muchacha suspiró.

En sus manos me prendía
cual si fuera yo una flor.
En sus manos confundía
con mi tacto su calor.
De sus dedos me hice dueño,
no podía estar mejor,
se cumplió por fin el sueño
que yo ansiaba con fervor.

Cuánto pétalo de rosas
en diez ninfas, como abril,
cuando suelta mariposas
leves y en vuelo sutíl.

Qué feliz era en su mano
siendo su segunda piel
pero mi sentir ufano
duró poco y tornó en hiel
pues por un signo galano
caí de mi andarivel.

Vino a elevarme del suelo
un caballero gentil
que sin espada y sin duelo
truncó mi dicha febril.

El cuerpo que yo guardaba
me esquivó de forma cruel
pues mi figura evitaba
el contacto de otra piel,

la de aquel hombre elegante
que a ella me quiso volver.
Yo solamente era un guante
pero ella, todo mi ser.
 
 
 
 
 
 
 
 



 


sábado, 2 de marzo de 2013

Llévame contigo al mar. (romance)

Qué puedo hacer si te quiero,
si de tu nombre me acuerdo
cada vez que me despierto.
¡Si olvidarte, ya no puedo,
aunque me cueste el aliento!
 
Te conocí una mañana,
tú venías desde el puerto
yo a la bahía bajaba
y quiso Dios que ese encuentro,
mi vida entera cambiara.
Llevabas la red al hombro,
venías de la almadraba,
para el mar eras un lobo,
para mí, flor delicada,
y al pasar junto a tu lado
y levantar la mirada
tus ojos se me clavaron
lo mismo que dos espadas.
¡Nunca vi el mar tan intenso
como encerrado en tus ojos!
y ese aroma marinero
de salitre, de agua y viento...
Y de la red, una estrella,
fuiste a prender en mi pelo.
Es para tí, mi sirena,
dijiste sin titubeo,
-sin tener culpa la estrella-,
quise esquivar ese gesto
mas, se enredó en mi cabello
y al darme la media vuelta,
mi corazón quedó preso
en una cárcel sin reja.
Las caracolas cantaban
y susurraban melosas
y aquél aire, no era aire,
¡que ahora eran mariposas!
Cada noche, una balada
nos regalaba la Luna,
¡ay amor, la Luna Luna,
la Luna nos la cantaba!
Volviste aquel día a la mar,
-pasión de los marineros-
¡qué te quisiera yo dar!
sólo te daba el pañuelo
que ondea al verte marchar,
¡marino de mis anhelos!.
 
Celosamente guardado,
-solo para mis adentros-
un temblor más que frío, ¡helado!
un miedo de noche oscura
desbarató los cimientos
de mi templanza madura.
Escuché rugír las olas
que rompían contra el puerto,
¡gritaban las caracolas!

yo les pedía silencio.
No habléis así, que estoy sola,
me hacéis temblar como el viento
¡que mi marino está dentro
del barquito que no ha vuelto!.
Me fui hasta la última piedra,
aquella que el mar bañaba,
y el viento me refrenaba,
sacó sus dientes de fiera.
Huyó la Luna esa noche,
los ángeles descansaban
nadie había que velara,
¿por qué? ¡esa noche a mi hombre!
Ya no quiero ver el mar,
ya, no lo quiero escuchar,
quiero alimentar su hambre
con mi cuerpo, ¡naufragar!,
y con su estrella encontrarme,
aquella que fue a colgar
en mi pelo con su nombre.
 
¡Qué puedo hacer si te quiero!,
si de tu nombre me acuerdo
cada vez que me despierto...
Si olvidarte ya no puedo,
¡aunque me cueste el aliento!.
 
 Fondo De La Mar-playa Fotos de archivo - Imagen: 5928733
 
 
 
 
 
 
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miércoles, 27 de febrero de 2013

martes, 26 de febrero de 2013

Dueña de nada.

Si algún día me marcho y ésta, mi voz, no encuentras,
si mis ojos marrones, no han de volverte a ver,
si estas manos que escriben, se vuelven torpes, lentas
y mis sueños, despiertos, ya no saben qué hacer...
 
No permitas que la duda, te envuelva con su sombra,
diciendo que es mentira lo mucho que te amé,
porque los sentimientos, ni tienen fecha ni hora,
y aunque no esté presente, amándote me iré.


 
 


domingo, 10 de febrero de 2013

Carta sin dirección.

Abril de 20¿?

Era la abuela de esencia dócil, reservada y sentida; tímida por naturaleza. Aunque con el tiempo, dicen, tendemos a quitarnos las capas que pesan, las que van curvando los hombros poco a poco, en realidad las que sobran, ella nunca se desnudó completamente. Tal vez, la capa más profunda le abrigaba el alma.
No fué una persona de comportamiento irracional, sólo que, unas sonrisas repentinas, se dibujaban en su cara sin venir a cuento. Otras veces parecía tratarse de un rayito de sol que se asomaba por sus pupilas.
Compartía esa alegría con los demás y cuando le preguntaba, ella siempre me contestaba:
Cuando me veas sonreír sin motivo, no pienses que estoy loca, sólo piensa que, además, te quiero doblemente. Y me plantaba un beso en la cara.
Recogiendo sus pertenencias de los cajones, encontré una carta, solamente una, doblada y custodiada entre las páginas de un libro. Violé su intimidad, la leí.

Es terriblemente injusto que tú y yo dependamos por completo de la electricidad. Primero, porque son tus palabras descargas de mil voltios que se encienden en mi mente, atraviesan mi garganta y prenden en mi corazón, aunque bien podría ser el mismo circuito cerrado en dirección opuesta, y tendría el mismo significado. Segundo, porque es la única mensajera con la que propagarnos el uno hasta el otro, a través de un interruptor, (fría distancia).
Sobra decír que anhelo un día de tu mano, un sencillo camino que se hiciera especial sólo por el hecho de recorrerlo juntos; un aire nuevo que respirar, por que en él, estaría impregnado tu aliento y, un sol nuevo, visto por los dos desde la misma perspectiva.
Sobra decír que te echo de menos.

Descubrí entonces, que la abuela compartió su alegría con nosotros, pero no su angustia.

sábado, 2 de febrero de 2013

Armando.

Una lágrima clara
aún asoma...
negra brotó aquel día
en que la luna,
plisó tu agua
y a mi alma, toda.
 
Lloraba la fragua
tus manos de fuego,
el laúd marcaba
álgidos trastes
y es que el cielo redondo,
bajó a llamarte.
 
¿Quién gozará hoy tu risa,
con quién hablarás tu pena,
para que una sea grande
y se haga la otra pequeña.?
No te verán mis ojos,
pero tu hija te sueña.
 
No entiendo de olvido,
ni aún hablando de pena,
que olvidar, puede el necio,
puede el alma buena,
¿pero yo?
¡que llevo guardada tu sangre en mis venas!.
 
Dedicado a mi padre con todo el amor que me quedó por darle.

sábado, 19 de enero de 2013

Al Mar que respiro.

Que no me lleven lejos de tí,
que no me arrastren,
los deseos de huír a otras orillas;
necesito tu aliento, tu marejada,
y ese rubor añil de tus mejillas.
Tu saliva rizada y enfurecida,
tu rugido feroz de alma crispada,
que es en días de viento, temblor suicida,
y te arrojan en furia precipitada.
Ya no puedo mirar otro horizonte,
mi amor por tí, es espontáneo,
amo el misterio que tu alma esconde,
mi aroma, mi Mar, Mediterráneo.
 
 
 
 
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miércoles, 16 de enero de 2013

Ataque en vuelo.

En la oscuridad de la noche escuché el sonido ronco de sus motores. Se acercaban, planeaban en bajo vuelo hostigando la apacible calma de aquel momento.
¡Ya están aquí!, ¡cerrad puertas y ventanas! - grité con voz angustiosa-.
La última vez que sufrimos un ataque parecido terminé en la enfermería; no fueron heridas mortales, pero me dejaron importantes cicatrices.
Demasiado tarde, ya no quedaba otra opción que el contraataque. La ofensiva era inminente, el avance del enemigo no permitía el perdón.
Recurrí a las nuevas tecnologías y encendí la lámpara mágica. Hipnotizados por el halo de luz desviaron su rumbo hacia aquella trampa mortífera.
Los aviones quedaron electrocutados en un chasquido de alta intensidad, cayendo en barrena al suelo. Las bajas fueron cuantiosas.
Misión cumplida: La noche de verano continuó con su apacible tranquilidad y sin zumbidos.




domingo, 13 de enero de 2013

Eres.

Eres la incógnita de mi pregunta,
de mi descanso, eres desvelo,
eres el sol cuando despunta,
eres la noche de oscuro velo.
 
Eres mi llanto, franca sonrisa,
frío de nieve, fuego templado,
eres Galerna, eres la brisa,
salvaje mar, sereno prado.
 
Eres el claustro donde me encierro,
la libertad que ofrece alas,
eres presente, futuro incierto,
el soplo fresco de mis mañanas.
 
Cristal que corta, hiriente daga,
prímula en flor, en gélido enero,
la luz y la sombra que en mi mente divaga,
eres..., no eres..., sin embargo, te quiero.
 
 


A mi tierra valenciana.





 
 
A mi tierra valenciana,
hoy le quiero yo cantar,
porque es tierra de naranjos
perfumada de azahar.
 
De tí emergen mil castillos
desde el monte hasta la mar,
firmes y hermosos vestigios
de moros y cristiandad.
 
El Cid quiso defenderte,
con espada y caballlo armado
y pesar de encontrar la muerte,
glorioso te ha liberado.
 
En la albufera serena,
tus aguas se van durmiendo
y entre cañas y un cielo violeta,
las van meciendo.
 
Y en verdes brazos
perlas blancas,
artillería floreada,
que estalla cuajando los campos
de esta tierra Valenciana.
 
No hay más dulzor en mi tierra, ni hermosa flor, que el naranjo.
 
 
 
 
 


sábado, 5 de enero de 2013

Quiero.

Quiero embriagarme esta noche
con el licor que desprenden tus besos,
envolverme en el haz de tu esencia,
desnudando mi alma al completo.
 
Que un tímido rayo del alba,
me descubra dormida en tu lecho,
quiero sentír la mañana
abrazadita a tu pecho.
 
Quiero por un día, tenerte,
y romper al fin la cadena
que tiene presa a mi mente
y a mi sueño en vil condena.
 
 


Romance del niño triste.

Qué tienes niño, ¿qué tienes?,
que están tristes tus ojos
y tu sonrisa se pierde,
entre suspiros y lloros.
Si una niña, en el pecho,
te hizo heridas de amor,
llora, que el llanto está hecho
para soltar el dolor.
Después levanta la cara,
sacúdete la aflicción,
que la vida, mi niño, es larga
como grande tu corazón.
El amor es un potrillo,
que sin alas te hace volar,
cabalgar a todo brío
y en las nubes descansar.
El amor, son dos pilares
que ejercen la misma fuerza,
un alma, en dos mitades,
y que sostienen la tierra.
Pero tiene doble filo
entregar toda tu alma,
porque el amor y el olvido...,
no casan nunca con calma.


jueves, 27 de diciembre de 2012

La niña pescadora.

Una niña pescadora
con su red se fue a pescar
donde descansan las olas,
en la orillita del mar.

En la cabeza un pañuelo,
en el talle un delantal
y en la cara lleva rosas
con destellos de coral.

Echa la niña las redes
sobre las aguas de sal
y la corriente las mece
como en un juego naval.

Cuatro peces ha encontrado
cuando las viene a sacar
y una blanca caracola
que entre ellos fue a parar.

Acercándola a su oído
un rumor cree escuchar,
piensa que dentro hay sirenas
que no dejan de cantar.

Lleva la niña a su casa
ese regalo sin par
y su madre le reclama:
llévala, niña, a su mar,

que las sirenas son almas
y solo pueden estar
bajo las aguas azules;
no las podemos guardar.

Y la niñita, apenada,
la vuelve al agua a lanzar
donde lanzaba sus redes,
en la orillita del mar.

Veinte años han pasado
en su rostro y en su hogar
y la joven, aún pescando,
con papá se ha ido a embarcar.

La calma vira a tormenta,
el viento leva la mar.
La muchacha cae al agua.
De poco sirve nadar.

Hasta el lecho submarino
su cuerpo ha ido a parar
pero acudiendo a su encuentro
de ella empiezan a tirar

cinco sirenas preciosas
que no dejan de cantar.
Y nadando la devuelven
en la orillita del mar.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Dicha y virtud.

Me hallo ante un dilema, señor mío,
pues antes de veros, ya os amaba,
érais presencia de un delirio que porfío,
de un querer que sin serlo, yo cantaba.

Pedíale a una margarita mi destino,
robándole sus pétalos, confiada,
esperando una respuesta, un desatino,
de dudas, la flor no me sacaba.

Y ahora que os he visto ya comprendo
cuál es la dimensión de mi existencia;
he nacido para amaros, aún sabiendo,
no ser correspondida, mi sentencia.

Mas mi dicha, a la vez, es conoceros,
y si he de presumír lo haré sabiendo,
que mi única virtud, es la de amaros.




jueves, 22 de noviembre de 2012

Que alguien me lo diga.

Lo quiero como al aire que respiro,
sin darme cuenta que tan dentro de mí llegara;
me he acostumbrado a nombrarlo entre suspiros,
y entre silencios que para mí, ya son palabras.
 
Y lo he forjado a fuego vivo, candela clara,
razón inquieta, -logaritmos del corazón-,
iluminándome con su presencia cada mañana
y al mismo tiempo, entiendo menos la solución.
 
Que alguien me diga,
-si es que lo sabe-,
¡que alguien me diga!
-por compasión-,
cuál es el códice,
cuál es la clave,
¡cuál es la regla del buen amor!
 
 
 


viernes, 16 de noviembre de 2012

En orden y concierto. ( Cuatro estaciones).

Engástate en la primavera, en su color,
circúndate del aire que trae rosas,
en el revuelo de las aves primorosas
y en este azul que ahora es todo resplandor.
 
 
Sumérgete en la pausa del estío,
¡que entonen las cigarras sus canciones!,
que luzca el sol radiante con su brío,
acérrimo candíl de mil fulgores.
 
 
 
Espira Eolo, ¿qué murmura?,
indómito va abriendo paso entre las hojas
que, danzarinas, le acompañan con mesura,
al tiempo que lo hacen luz y horas.
 
 
Caen plumas de los ángeles dormidos,
y aleluyado por el fuego de la hoguera,
el bosque verde huye en alba piel de armiño,
mas tornará en foresta arpada en primavera.
 
 
 
 
 
 
 
 


miércoles, 14 de noviembre de 2012

A un poeta amigo, Juan Mendiño.


No me llames poeta.

No me llames poeta,
sólo soy una mujer, que a veces,
sangra por los dedos las heridas del corazón.
No, no me llames poeta porque cante al amor,
son los besos que caen de mis labios
dejando en papel  huellas de ilusión.
No lo hagas porque en un anciano vea
a un niño en un hombre mayor,
ni porque vea en el niño un volcán de vida en erupción
y en sus ojos, brillos de luna y sol.
En las aves libertad,
fuerza contenida en el mar,
en la lluvia, campos bebiendo,
o en las montañas, dedos acariciando el cielo,
no lo hagas por que...
cuando me falte la palabra, ¿quién seré?,
cuando me olvide el amor,
o el desencanto me venza
con ello, morirá la poeta.
Y aún viviré yo.
Ahora, déjame volver al amor,
pero no me llames poeta,
 mi poesía..., eres tú.





martes, 13 de noviembre de 2012

Caricias.

 
Hoy os mando una caricia,
entre un beso y una flor,
es mensajera la brisa
y ha de entregárosla el sol.
 
Recogédla en vuestras manos,
sin ninguna condición,
mi corazón, no en vano,
sabe cuál es la razón.
 
Mi caballero galante,
no es difícil querer a vos,
más, teniendo la luna delante
¡cuán lejos estamos los dos!.
 
 
 


miércoles, 24 de octubre de 2012

Momentos cotidianos, especiales.

A estas alturas de noviembre el sol se ha vuelto perezoso. Agotado tras el intenso verano, no se despierta hasta bien pasadas las ocho de la mañana, en cambio, aquel pequeño, como tantos otros, se apresuraría a guardar su pijama bajo la almohada;. es tiempo de colegio.
En la parada del autobús pude verlo, con su abriguito azul, su mochila con ruedas, donde probablemente, junto con los lapiceros y el cuaderno de sus primeras letras y cuentas, guardaría el bocadillo para el recreo. Iba peinado con la raya a un lado y olía a fresca colonia, que cuidadosamente, su madre la habría puesto.
Hacía frío en la calle, la humedad de la noche había cubierto la calzada con una alfombra brillante de lluvia silenciosa. Las farolas que alumbraban la noche, aún aguardaban al sol para el cambio de
guardia.
Aquella mañana me costó levantarme más de lo habitual, se estaba tan bien arrebujada entre las cálidas  sábanas de franela, que era un despropósito abandonarlas. Lo hice de mala gana..., otro día de trabajo. Salí a la calle con paso forzado, enfundada en mi abrigo azul y con las llaves del coche en la mano, intentando recordar dónde lo dejé aparcado la noche anterior y  fue entonces, cuando ví al pequeño abrigado de mi mismo azul. Pensé toda la mañana en él, merecía el sueño mucho más que yo, y en cambio, allí estaba, con sus manos amparadas en los guantes, la bufanda abrigándole el cuello y su carita llena de ilusión esperando el autobús.

jueves, 18 de octubre de 2012

Mi Bandido.

Era mi perro Bandido pobre en miedos. Se codeaba con las más altas razas dentadas y con las más bajas nerviosas, de ahí nació una pandilla canina compuesta por tres miembros, contándole a él.
Todas las mañanas que salía el sol, un dúo de ladridos tocaba diana en el zaguán de mi casa. Él, desde el patio, respondía a aquellos sonidos guturales con otro largo, al tiempo que alargaba las uñas rascando la puerta. Pedía así libertad, libertad que todas las mañanas le era concedida.
Salía en volandas, cual Pegaso enano, cruzaba la casa esquivando los muebles con una destreza digna de un lince. Llegaba a la puerta de la calle, frontera que lo detenía, y allí, lo dejaba estar unos minutos; me hacía gracia ver los saltitos que daba hasta asomarse por la ventana, que se abría, de la mitad de la puerta hacia arriba. Seguro que de no haber sido perro hubiese sido saltamontes.
En la calle lo esperaban sus amigos, un pastor alemán vestido con un abrigo marrón y negro, rubio entre las orejas y en la cola, y el otro, un perro que defino como pequeño y de indefinida raza. Este segundo era inquieto y llevaba una gabardina negra, tenía la cara muy pensativa y unos dientes dispuestos a ejecutar ese mal pensamiento, lo delataba su mandíbula inferior, asomada en todo momento por la boca. Tal vez, era una sonrisa disuasoria...
El caso es que aquel trío se llevaba estupendamente bien y calle arriba, los veía perderse a saber quién sabe dónde.
Supe por una vecina, que una de sus rutas era el mercado ambulante de los viernes. Los encontró por allí, entre los puestos de flores y verduras, de pan y salazones, a los tres, en fila india entre el tumulto de la gente.
Cuando regresaba a casa el grupo había aumentado en tres o cuatro miembros, sí, era muy sociable. Allí se disolvían y cada cuál, tomaba su rumbo.
Bandido pidió su nombre. Era blanco como una nube, salpicado aleatoriamente de manchas negras, dos de las cuales, fueron a caer justo encima de sus ojos y orejas. De ahí que, como llegó al mundo puesto de antifaz, así le llamara. Sus ojitos eran de charol, pequeños como botones y vivarachos como una lengua que en lugar de hablar, pestañea.
Nunca se enfadaba, no gruñía a desconocidos; como defensa no hubiese sido la mejor, pero como compañero fiel, no tenía par. Ahora, eso sí, su nombre, más que hacer honor a su pinta, lo hacía a sus fechorías.
Un día lo llevé a la peluquería canina, allí quedó entre temblores nerviosos y manos extrañas. Quedé en recogerlo pasada una hora y me marché. Dos calles más abajo..., Bandido a mi lado...¡qué bandido!..., se escapó puesto de bozal y a medio pelar.
Tardé una eternidad en poderlo coger, y eso con la ayuda de una señora que me conocía y se apiadó de la burla que se traía conmigo. Yo lo llamaba y él, obediente, venía, pero una vez iba a echarle el guante, escapaba a la acera de enfrente y desde allí me retaba.
La peluquera se excusó cuando fuí a devolverle al cliente..., yo lo imaginaba, lo imaginaba...
En otra ocasión fue Lola, la floristera, la que vino a pedirme cuentas.
Dijo que mi Bandi había tenido relaciones amorosas con su perrita..., yo, qué puedo hacer- le dije- ¡nada!, -dijo ella-, pero ya sabes que compartiremos camada, vete preparando.
 Milagrosamente sólo nació un perrito, que quedó con la madre.
Tantas cosas contaría de Bandi  como tantas otras no puedo contar porque él nunca me las contó.
 Diecisiete años dan para mucho en un perro. El, ya no está,(...).  Como última fechoría se llevó su alegre compañía.
 Nunca tendré un perro igual.


María José.

sábado, 13 de octubre de 2012

A veces..., siempre.

A veces soy ola, crecida y rabiosa,
que llega en volandas surgiendo del mar,
una onda lanzada que se estrella en la roca,
y una vez rota, vuelve a callar.
A veces soy astro, lejano y perdido,
que desde el silencio sólo puede mirar
las manos que arañan, los labios mordidos,
las mentiras pardas y el mar frente al mar.
Pero siempre, puedo ver la terneza
de las palomas zureando en el palomar,
la limpia y eterna pureza
del niño naciente, que gime al llegar.
Y sé que todos los ojos
por tristes que sean,
 no quieren llorar.




viernes, 12 de octubre de 2012

Cosas de hombres buenos.

Marchó Fermín al monte a buscar leña. Llevaba  apoyado en el hombro el machado y su perro, Cuco, un pointer color canela, lo acompañaba.
Las brumas del amanecer ya se habían disipado y el frescor que emanaba de la tierra húmeda, parecía lavarle la cara a los árboles, que se mostraban de un intenso verde y el musgo, de un brillante color.
El era un hombre recio, más que de cuerpo, de espíritu. El campo y aquellos fríos lo habían curtido y los avatares de la vida, le habían dado la última capa de imprimación a su carácter.
Subió la empinada cuesta que le conducía al lugar dónde las hayas más secas, podrían servirle de alimento para la hoguera. Desde aquella altura se divisaba la parte trasera de su casa donde, recogidas entre las blancas vallas, pastaban sus cinco vacas lecheras  como reinas de un jardín.
Cuco adelantó su paso., husmeaba por todos lados volviendo la vista de vez en cuando hacia su dueño.
Escuchó Fermín un silbido lejano, -`por ahí anda Amancio-, pensó, y le contestó con otro similar. No se necesitaban muchas voces en aquel lugar, ni entre ellos, su código morse lo tenían muy bien aprendido porque, nunca mejor que en aquel lugar, las palabras se las lleva el viento.
Diez minutos más tarde, los dos amigos se encontraron en el mismo punto.
  Con tu perro no hay forma de pasar inadvertido,- dijo Amancio-,  he sabido que estabas aquí por él, ¡pues no será que me ha detectado!..., buen perro este tuyo.
Amancio llevaba una escopeta en la mano, iba en busca de alguna liebre que echar a la cazuela, así que, los dos juntos, continuaron el camino.
¡Mira, por allí se ve una!- le avisó Fermín. Amancio, sigilosamente, se fue acercando apuntando con el arma y se escondió tras un arbusto; cuando la tuvo a tiro, disparó.
Mala suerte, por que se escapó como alma que lleva el diablo, sin embargo, lo que encontró entre aquellas hojas espinadas fue una ardilla. Debió caerse del árbol, apenas tenía pelillos en la cola, andaba más destartalada que el plumero de una limpiadora compulsiva. La recogió de entre la broza, aquel cuerpecito temblaba como un flan.
Esta se la llevo a mi nieta, -dijo Amancio- al mismo tiempo que la introducía en el zurrón que llevaba colgado al hombro. Seguro que en dos días la repone, aquella chica, no he visto más que le gusten los animales. Cada vez que tengo que matar un pollo, no te puedes imaginar el drama..., no sé a quién le habrá salido, por que comer, hemos de comer, ¡qué chiquilla!. Hoy le voy a dar una alegría.
Al cabo de un rato, cada uno  de ellos tomó un camino diferente, no sin antes acordar en verse por la tarde para tomar un café.
 
Los ojos de Alicia no cabían en su cara, ni su sonrisa tampoco, cuando vió la ardilla que le trajo el abuelo.
-¡Mira enfermera!, aquí te traigo un paciente que necesita tus cuidados.
La niña la cogió entre sus manos, apropiadas al tamaño de la ardilla y le buscó una jaula donde ponerla. Le colocó una tacita con agua y otra con avellanas, cubrió el fondo de la jaula con un jersey viejo, para que no tuviera frío, y la colocó junto a la ventana para que le diera la luz y se alegrara.
Cada diez minutos pasaba revisión.
- No debes tocarla mucho, Alicia.
- No abuelo, sólo la estoy mirando, pero cuando se ponga buena y pueda tocarla, le voy a peinar la cola para que se vaya bien guapa al bosque.

Por la tarde, se encontraron los dos amigos. Fermín se acercó a la casa de Amancio y allí estuvieron tomando café y hablando de sus cosas. Le preguntó por la reacción de la chiquilla con la ardilla y Amancio le dijo:
- Allí la tiene, adorándola, mira ven y verás el albergue que le ha preparado.
La niña no estaba en aquellos momentos, había ido con su madre al pueblo.
Fermín se acercó a verla y se dió cuenta de que la ardilla había muerto. Se miraron los dos, coincidiendo en pensamiento,
- Venga, vámonos a ver de qué manera arreglamos esto.
Los dos amigos, marcharon de nuevo al monte con el animalito dentro de una bolsa. La dejaron al pie de un árbol y se dispusieron a buscar otra; aquello era como encontrar una aguja en un pajar.
- Estate atento porque yo, por más que miro, no veo y cuando veo, no la puedo coger.
Así que, allí andaban los dos como un par de furtivos de ardillas.
-¡ Válgame el señor, Amancio!, ¿no sería mejor ponerle un pollico?, tengo siete que acaban de nacer.
- ¿Tú te crees que mi nieta es tonta?, ¡anda, mira bien que...!.
-¡Ahí se ve una!, - y se subió con un trapo en la mano que le echó por encima a la ardilla.
Trapo, ardilla y Amancio, se hizo todo uno al caer al suelo.
- Ay, ay -masculló-,¿ la he cogido?, ay...
- Sí, está aquí pero, ¿cómo estás tu?
- Creo que me he roto un dedo, ya lo veremos luego, ahora vámonos antes de que lleguen ellas.

 Colocaron la ardilla en la jaula.
 Vamos al médico que tiene que mirarte ese dedo, -le aconsejó Fermín-.
Ahora, cuando venga la niña vamos, deben de estar a punto de llegar.
Escucharon abrirse la puerta. -Ahí están.
Alicia, evidentemente, lo primero que hizo al llegar fue ir corriendo a la habitación a ver a la enferma.
Alicia, enséñale la ardilla a Fermín, que quiere verla, -dijo su abuelo-
La niña llegó con la jaula en sus manos y sus exclamaciones de alegría, borraron por completo el dolor de aquellas falanges rotas.